Escuché su voz desde el interior de la cueva de mi padre, una voz chillona y juguetona, como siempre. Se estaba quejando de algo, como solía hacerlo. Hacía ya tres años que no nos mirábamos a los ojos. Claro que, desde entonces, la veía más a mi altura. Ahora, en cambio, su mirada se había agachado, su columna encorvada por el tiempo.
La última vez que hablamos, le conté —desde mi ego— mis planes de convertirme en arquitecto. Quería sorprenderla, pero a ella no pareció importarle. No me felicitó, no me aplaudió ni intentó hacerme cambiar de opinión. Solo me dijo que aprovechara a mi padre, que era un gran hombre, y que valorara la oportunidad de estudiar, algo que ella nunca tuvo. Apenas cursó la secundaria en una escuela rural de Oaxaca. Mi padre tampoco estudió más allá de eso.
La Cena Familiar
Serví un gran tarro de cerveza y, en vez de recibir la usual propina, encontré una pequeña nota. El mensaje, con muchas faltas de ortografía, estaba firmado con un simple De nada, hermano, seguido del apellido Iglesias.
El comunicado decía que su autor me esperaba en el restaurante La Noria. Según él, nos encontraríamos a las ocho de la noche y tendríamos una hora para comer, pues tenía otra cita importante a las nueve. Aun así, había logrado hacer un pequeño espacio para su hermano chico. Durante esa hora, afirmaba, podíamos pedir a diestra y siniestra y celebrar todo lo que quisiéramos, por los buenos tiempos. También mencionaba que no habría problema, ya que conocía a los dueños del hotel donde se encontraba el restaurante.
Esto me tomó por sorpresa. La última vez que nuestros caminos se cruzaron, él no tenía ni un peso en los bolsillos y estaba en proceso de enlistarse en las tropas. Nunca supe si lo logró. Yo también partí hacia el norte en busca de trabajo, pues en nuestro pueblo natal todo se había acabado cuando la mina de plata cerró. Con la partida de la compañía canadiense, el pueblo entero se vino abajo.
Después de mi jornada, decidí aceptar la invitación. El mismo hombre que había azotado el tarro en la barra apareció misterioso fuera del bar. De nuevo, recargado sobre su caballo negro, apagó su puro, lo pisó con la bota y se montó en su corcel.
—Sígueme —dijo.
Y lo seguí hasta el lugar.
Para mi sorpresa, no era la cantina-bar La Noria. Era la hacienda La Noria.
Al llegar a la entrada de aquella imponente hacienda, con sus paredes blanqueadas por la cal y desgastadas por el implacable sol, me quedó claro que no se trataba de una simple cantina, sino del prestigioso restaurante Hacienda La Noria.
Cuenta la leyenda que en este lugar fueron alimentadas las tropas de Villa y Zapata. También se decía que, en algún momento, los terrenos donde se alzaba la hacienda habían pertenecido al General Díaz. Incluso corrían rumores de que algunos de sus pilares aún conservaban grecas prehispánicas en la base. Nunca imaginé que conocería un sitio así.
El recepcionista me hizo regresar a la realidad cuando preguntó:
—¿A nombre de quién está la reservación?
—A nombre de mi hermano.
—¿Nepomuceno?
—No se encuentra, caballero.
—¿Nepomuceno Iglesias?
El hombre que me acompañaba volteó a ver al mozo fríamente y pronunció con voz firme:
—El General Iglesias.
La Loma: Observaciones
La Loma, Estado de México | Domingo 29 de diciembre, 2024
¿Dónde está La Loma?
Siempre pensé que La Loma era un pueblo lejano, perdido en algún rincón del país, alejado de lo que yo llamo hogar: la ciudad de Santiago de Querétaro. En algún momento, su polvo me hizo creer que era un pueblo fronterizo, distante del centro de México. Lo curioso es que, en realidad, está más cerca de lo que uno imagina.
Desde el tejado de la casa que construye mi tío Álvaro, con su techo de lámina, se puede ver la Peña de Bernal, siempre y cuando el cielo esté despejado y la neblina no oculte el horizonte. La Loma está a una hora y media de Querétaro y a dos horas de la Ciudad de México. La Loma se encuentra en el municipio de Acambay, Estado de México. Pero, de alguna manera, parece que no se encuentra en ningún lado.
¿Qué hago aquí?
Mi abuela, la mamá de mi papá, nació y creció en estos rumbos hasta los 10 años, antes de mudarse al barrio de Mixcoac en la Ciudad de México. Si hoy en día aquí no hay mucho, ya te imaginarás cómo era en los años 50. Pero, al final, la sensación es la misma: aquí no hay nada que hacer, ni en el pasado ni en el presente.
Por eso, muchos dejan este lugar y se mudan a las ciudades: Ciudad de México, Querétaro, Toluca, o a pueblos más grandes como Temascalcingo o Atlacomulco. Sin embargo, el destino más común es el otro lado. Lo mencionan como si se tratara de otro plano terrenal y, en mi hipótesis, todo apunta a que sí lo es.
Más allá del misticismo de el otro lado, todos, inevitablemente, abandonan La Loma para irse al norte: al Gabacho, los United, la Unión Americana, o como prefieras llamar a los Estados Unidos. Para muchos, emigrar es su mayor logro. La realidad es que uno nunca sabe exactamente a qué se dedican esos supuestos parientes que, por cierto, no entiendo muy bien cómo se conectan genealógicamente conmigo. Puede que trabajen en cosas de lo más comunes allá, pero en cuanto pisan el pueblo con sus tenis de outlet, son otros. Canonizados por la comunidad, vuelven dichosos, como si hubieran completado una misión.
Cuando preguntas por un pariente, las respuestas suelen ser ambiguas:—¿Dónde está mi primo Clay?—Allá anda todavía.—¿Está en su casa Raúl?—Aún no llega.
Es como si estuvieran y no al mismo tiempo. Los habitantes de La Loma aparecen y desaparecen sin dejar rastro. Sus casas siguen construyéndose lentamente con el paso de los años, y sus camionetas, con placas de Alabama, Illinois y Wisconsin, permanecen empolvadas, esperando su regreso anual.